La naturaleza de la mente

Así, como el cielo azul y abierto. Así es la naturaleza de la mente. Espaciosa, ilimitada, y radiante... conteniendo la llegada y el paso de las ideas.

La mayoría de nosotros somos más afortunados de lo que creemos.


Sabemos cómo construir buenas relaciones, administramos más o menos bien nuestro tiempo, sabemos cómo cuidar nuestra salud y aprendemos cada día cosas nuevas.


Pero incluso siendo afortunados, incluso viviendo más o menos como queremos, el camino de la felicidad nunca es recto y sin obstáculos. La vida, incluso para el más afortunado, está llena de complicaciones.

Sentirnos mal, por definición, es una experiencia poco placentera. Muchas veces tratamos de evitarlo y nos sentimos frustrados cuando no logramos mejorar una situación. A veces incluso nos culpamos cuando nos sentimos de esta forma, y eso suele empeorar la situación.


Las experiencias que llamamos "negativas" y que nos generan dolor, también hacen parte de nuestra vida y por más que queramos, estas cosas siempre... siempre van a pasar.


¿De qué se tratan estas experiencias "negativas"? Estas experiencias son fruto de nuestras ideas, de lo que llega a nuestra mente.


En ocasiones llegan ideas cuyo efecto es maravilloso, nos llenan de energía.


Otras veces llegan ideas que nos hacen sentir tristes, preocupados, e incluso a veces nos enferman.


Lo cierto es que a todos nos pasa, la diferencia radica en la capacidad de conectarnos con nuestro cuerpo e identificar el poder de ciertas ideas.

A continuación expresaré un punto de vista que puede ser controversial pero que le encuentro mucho sentido para tener actitudes más compasivas cuando llegan cierto tipo de ideas:

Infortunada (o afortunadamente)... no tenemos el control de lo que pensamos.

Para los que les cuesta creer en esta idea, los invito a recordar algún momento donde hayan estado caminando por la calle y se les haya ocurrido algo... alguna idea muy particular o extraña... muy salida de contexto.


¿Les ha pasado? Y cuando pasa la idea nos decimos: ¡qué cosa tan loca la que se me ocurrió!


A mí me pasaba, con frecuencia, y no fue sino hasta bien entrada en la práctica de la meditación mindfulness que empecé a darme cuenta de la naturaleza de nuestra mente y de nuestros pensamientos: no tenemos control sobre nuestros pensamientos,

Ellos llegan a nuestro plano de consciencia de manera irreverente, incontrolada, y no tenemos ningún tipo de poder para decidir cuál sera nuestro siguiente pensamiento.

Quizá esto suene muy trágico, para mí incluso lo fue durante mi primer retiro de meditación.


Fue en la meditación donde descubrí que no era yo necesariamente la que generaba las ideas, sino que ellas llegaban de un momento a otro.


Darme cuenta que no tengo el control sobre mis pensamientos, fue algo que me hizo sentir sin esperanza, si no tenemos el control sobre lo que pensamos, entonces... ¿cómo hacer para vivir una vida tranquila, aún sabiendo que pensamientos negativos también aparecerán?


He encontrado una forma muy bonita de relacionarme con el funcionamiento de mi mente y espero que esta experiencia les pueda ser útil para su bienestar emocional.


Si bien no somos dueños de estos pensamientos, podemos adoptar una posición de observación, crear un espacio imaginario entre el pensamiento y nosotros mismos para poder ver cómo llega el pensamiento a nuestra consciencia, observarlo con amor, entender que su naturaleza es efímera y que eventualmente pasará.


Es nuestra consciencia la que nos ayudará a entender la naturaleza de la mente.

La mejor analogía que puedo sugerirles para poder entender este descubrimiento es asociar nuestra capacidad de observar (o nuestra consciencia) con el cielo, y los pensamientos con las nubes.


Si has viajado en avión, o si simplemente observas con cuidado desde la tierra, te podrás dar cuenta de que el cielo azul y despejado está allá, arriba... que es un espacio ilimitado y luminoso y podemos ver las nubes blancas, a veces muy densas, a veces muy ligeras.


También podemos ver el mismo fenómeno cuando nos acostamos en el pasto a observar el cielo, vemos que las nubes van pasando lenta o rápidamente y que por encima de ellas, está el cielo azul.


Así es la naturaleza de nuestra mente, como el cielo... despejada y ilimitada, que puede contener y observar las ideas.

Siguiendo esta analogía, puedo afirmar que lo que nos pasa usualmente es que ante ciertas nubes perdemos la capacidad de reconocer la naturaleza de nuestra mente.


El poder de ciertas ideas es tan grande que nos dejamos llevar por las nubes, nos volvemos las nubes. Tan densas que tapan lo azul del cielo, nos volvemos grises, densos, oscuros.


Se nos olvida que podemos reconocer nuestra mente como el cielo que observa con amor, con sabiduría y con esperanza de que esas nubes son solo un pensamiento que eventualmente se irá.


Las nubes de duda, de preocupación, de tristeza llegarán a nuestras vidas, se aparecerán ya sea en forma densa y oscura, o también de forma ligera.


¿Qué hizo que las nubes llegaran? ¿qué hizo que un día esté más despejado que otro? No lo sabemos.


¿Qué hace que, por ejemplo, nos levantemos un día de mal genio con ideas negativas? Realmente no lo sabemos. Quizá tengamos ciertas ideas para explicarlo, pero... al fin y al cabo las explicaciones también son solo ideas.


Lo importante es tener esperanza de que todas estas nubes son pasajeras, y si queremos relacionarnos mejor con nuestra mente y tener una vida más sana, más tranquila, lo que recomiendo siempre es mirar con amor a esas nubes, a esos pensamientos, entendiendo y confiando que se irán y nuevamente llegará la claridad del cierlo azul, despejado, ilimitado, y luminoso.



Johana Cadavid Muriel

Intervención en Sistemas Humanos

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